La derecha latinoamericana se llena la boca, ante los populismos, con “la pureza de las instituciones” y, particularmente, de “la República” que estaría en peligro.
Ahora bien ¿defensa de qué instituciones y de qué pureza? La respuesta no es muy difícil: la República es la democracia menos los votos. Sacándole los votos, la República es el sistema jurídico que garantiza la continuidad de las asimetrías sociales a favor de los sectores privilegiados en el reparto del ingreso. Es una república antidemocrática.
Así, durante los últimos dos siglos en toda Latinoamérica, los militares golpistas y la derecha civil bramaron en defensa de la República (una idea que, además, implicó siempre defender o bien “la civilización y el progreso”, o bien “el modo de vida occidental y cristiano”).
Hoy, cuando el esquema “calentarle la cabeza a Juan Lavalle” ya no funciona porque los ejércitos han perdido, quién más, quién menos, el poder de vetar o incluso reprimir los reclamos y reivindicaciones populares, y que, en general, gobiernan fuerzas políticas democráticas (y no sólo populares), vemos que, con sus matices históricos diferenciados, los discursos alla Salvador María del Carril o Valentín Alsina aparecen ya no en las cartas a los generales, sino en las editoriales de los diarios.
Despojados del forro militar y de la careta de la opinión pública (cuyo dominio, sobre todo en la Argentina y en Brasil, ha comenzado a resquebrajarse claramente), los grandes medios rebañan los restos y atacan desesperada y salvajemente.
Pero el discurso es el de siempre: se acusa al gobierno popular de atacar la pureza de las instituciones y ser corrupto (acá sí: sin matices, igualmente en todos lados, se trate de la Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia o Ecuador); con ello, se le quita legitimidad “republicana” a la democracia, y se crea el pasadizo ideológico para declarar una guerra santa contra el que se concibe como un usurpador del poder y alguien que “atenta contra la seguridad jurídica”, que sabemos qué seguridad jurídica es. La operación discursiva consiste en deslegitimar al gobernante popular; toda vez que ya no es “un par” porque “violó las instituciones”, se convierte en enemigo y en objeto de guerra santa y furibunda; ya no se discuten políticas públicas (no podrían discutir políticas públicas, porque las que ellos sostienen son las que gobernaron por las buenas o por las malas entre el Rodrigazo y diciembre de 2001), sino cómo sacarlo, por knock out o por abandono, al supuesto usurpador.
La monotonía de este discurso republicanista (cuyo más solícito exponente es Mario Vargas Llosa) es tal que no para mientes en que más o menos coincida con la realidad. Así, decir que el kirchnerismo ha debilitado las instituciones, cuando instauró la primera Corte Suprema independiente y respetable de la historia argentina y cuando CFK es el presidente que menos decretos de necesidad y urgencia utilizó desde 1983 hasta hoy; hablar (como hizo el mediocre gorilón Santiago Kovadloff recientemente) de autocracia respecto de un gobierno elegido democráticamente y que debió afrontar la oposición democrática más salvaje de la historia argentina, y que ha sufrido al menos una derrota catastrófica en el Congreso, todo esto y mucho más, es delirio liso y llano.
Pero claro, esta experiencia histórica, aunque novedosa para quienes nacimos y crecimos en la democracia del “como nada puedo hacer, puteo”, no es nueva en la Argentina ni en Latinoamérica. Así voltearon a Yrigoyen y a Perón, en este país (o en Brasil a Getulio Vargas); así intentaron voltear a Chávez y a Correa (y fracasaron patéticamente); así fogonearon el Grupo A hasta que se les partió en pedazos durante el transcurso de 2010.
Sin embargo, no les queda otra: insisten. El último reducto del poder, la última careta desde la cual, ocultos, defender sus intereses tergiversando, callando o negando los temas importantes para la prosecución del bien común, son los Holdings mediáticos. Ahora la carne de cañón, los forros, son los periodistas tradicionales.

"la espada es un instrumento de persuasión muy enérgico... prescindamos del corazón en este caso... si no, habrá Ud. perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra, y no cortará las restantes". y también "si es necesario mentirle a la posteridad, se le miente".





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